esto va de beber café, escribir surrealismo, hablar francés, mirar el infinito, pensar en pensar en pensar que pienso y volver a beber café, oscuro. brumoso.

miércoles

silencio y armonía



María Zambrano





María Zambrano (Málaga, 1904-Madrid, 1991) afirmaba que “el hombre y lo divino” podría ser el título que aglutinara toda su obra, pues su escritura era una búsqueda incansable de Dios o quizás sería más exacto decir: una espera, pues -como apuntó Simone Weil- “es Dios quien busca al hombre”.



Dios se manifiesta como luz, roca, misterio, presencia, visión, soplo, intuición, belleza, certeza, fulgor. Es silencio y armonía, quietud y movimiento. Podemos deducir su existencia mediante las huellas de su quehacer, pero la fe no echa raíces con argumentos, sino con vivencias. El aparecer de lo divino acontece en el corazón, no en la razón, que absolutiza lo empírico, sin explicar el origen del ser y, menos aún, su finalidad.






lunes

silencio





lo lento
lo que no se ve (apenas),
la mirada atenta que lo descubre.

el susurro.
el suave avance del tiempo,
la delicada costumbre de observar sin miedo

dejando espacio,
esperando,
con acierto.


el encuentro del poema con el objeto,
la pintura con el gesto,
el gesto con el poema

que se diluye,
se desdibuja,
antes de hacerse silencio.



 
camila falquez





jueves

despacio




besos lentos que abrigan,
cúmulos de fonemas

que acarician,
que nos llenan.

tarde, nunca es tarde
para perdonarme.

despacio

y sobra el tiempo
para amarte.






miércoles

frágil-silencio





from tate_ in passing. uta barth










El silencio compartido es una figura de la simplicidad, que prolonga la inmersión en la serenidad del espacio. Pues, en efecto, el lenguaje reintroduce la separación que el silencio intenta conjurar, sin jamás conseguirlo del todo. El recogimiento choca así con una facultad de hablar que lo disipa por la atención que exige: el diálogo equivale entonces a verse arrancado del paisaje, a una infidelidad al genius loci, dando satisfacción a las normas sociales y a la manera convencional de confortarse mutuamente o de salir de su hechizado aislamiento a riesgo de incomodar al otro (Le Breton, 1997). La emoción se expresa entonces con palabras estereotipadas, pero, en el mismo impulso, se desintegra. El sentimiento de fusión con el cosmos, de disolución de todo límite, se inscribe en una sacralidad íntima a merced de cualquier tipo de cháchara, por mínima que ésta sea: hay que saber callarse para no romper el jarrón infinitamente frágil que es el tiempo.

David Le Breton, Elogio del caminar.
p.57













Lauren Maccabee





boca sobria



clarice lispector





Hablar. Como si hubiese algo de que hablar. En sus momentos más brillantes y solipsistas, Clarice Lispector defendía que la comunicación era inviable, no ya en un mundo en el que habitaban millones y millones de personas, sino en una cocina americana en la que solo había dos. Ni siquiera cuando escribes consigues trasladar al papel exactamente eso que piensas o imaginas. La mayoría siempre se pierde en el traslado. Una mudanza, a la postre, siempre es una desaparición. En el fondo no puedes comunicarte. Siempre habrá un adjetivo erróneo, un problema sintáctico, una coma mal puesta, una metáfora indescifrable, una ambigüedad que se vuelve contra ti y te apuñala por la espalda.



Artículo entero: Gente de pocas palabras