toda una vida hasta este día
para descubrir el mundo
allá
afuera
esto va de beber café, escribir surrealismo, hablar francés, mirar el infinito, pensar en pensar en pensar que pienso y volver a beber café, oscuro. brumoso.
martes
re-memorar me-morias
me leo a mí misma hace años y me siento
extraña
extrañada de lo que leo
aunque lo que sentía vuelve a mí, susurrante, sibiloso,
aulla de dolor mi pecho y mis ojos
y mis pestañas
por una parte, me gusta recordarlo.
por otra, temo que nunca haya dejado de acecharme para ahora volver
como si fuera una agridulce sorpresa
cómo dices eso? soy hipócrita, lo siento.
si sabes que a pesar de los perennes pensamientos que te atrapan,
nunca, nunca, nunca,
somos los mismos tras cada instante pasado.
cruzo los dedos.
quizá, si retomo la escritura, la belleza de las palabras me cure el alma
extraña
extrañada de lo que leo
aunque lo que sentía vuelve a mí, susurrante, sibiloso,
aulla de dolor mi pecho y mis ojos
y mis pestañas
por una parte, me gusta recordarlo.
por otra, temo que nunca haya dejado de acecharme para ahora volver
como si fuera una agridulce sorpresa
cómo dices eso? soy hipócrita, lo siento.
si sabes que a pesar de los perennes pensamientos que te atrapan,
nunca, nunca, nunca,
somos los mismos tras cada instante pasado.
cruzo los dedos.
quizá, si retomo la escritura, la belleza de las palabras me cure el alma
poema del momento estático
Qué veo.
Qué siento.
Cuando llega la soledad me acoges
con
desapego.
sin menosprecio, asumiendo mi silencio, aceptando
mi nostalgia reprimida. polvorienta.
hasta la respiración me cuesta y continuo
asustándome de estos momentos de prematura penumbra en mi vida
la vista se consume y el corazón se rellena de vacío
y los recuerdos vuelven, malditos, ausentes sólo de palabra.
me estremezco ante el vuelo de una hoja, la caída de una gota,
el hacer de una mano entrelazada, el color de un instante
pero temo quedarme embelesada en esos segundos de emoción extasiada
porque
me sospecho
que nadie más que yo vive así el tiempo
Qué siento.
Cuando llega la soledad me acoges
con
desapego.
sin menosprecio, asumiendo mi silencio, aceptando
mi nostalgia reprimida. polvorienta.
hasta la respiración me cuesta y continuo
asustándome de estos momentos de prematura penumbra en mi vida
la vista se consume y el corazón se rellena de vacío
y los recuerdos vuelven, malditos, ausentes sólo de palabra.
me estremezco ante el vuelo de una hoja, la caída de una gota,
el hacer de una mano entrelazada, el color de un instante
pero temo quedarme embelesada en esos segundos de emoción extasiada
porque
me sospecho
que nadie más que yo vive así el tiempo
miércoles
el tiempo y mi yo-sujeto
el tiempo cae despacio
a veces
inaccesible
otras, ya ha pasado.
y algunas pocas veces, estoy y soy.
el tiempo
aquí
ahora
me dejo
caer
cansada
porque
se que no soy real
a veces
tantas veces
martes
lunes
Decálogo del escritor
Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.
Augusto Monterroso
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.
Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.
Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".
Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.
Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.
Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.
Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.
Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.
Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.
Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.
Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.
Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.
El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.
Augusto Monterroso
el hombre tiene horror a la soledad
Pero debes aprender una cosa, imprimarla en tu mente to-
davía maleable: el hombre tiene horror a la soledad. Y de
todas las especies de soledad, la soledad moral es la más
terrible. Los primeros ermitaños vivían con Dios. Habitaban
en el más poblado de los mundos: el mundo de los espíri-
tus. El primer pensamiento del hombre, sea un leproso o
un prisionero, un pecador o un inválido, es éste: tener
un compañero en su desgracia. Para satisfacer este impulso,
que es la vida misma, emplea toda su fuerza, todo su poder,
las energías de toda su vida. ¿Hubiera encontrado compa-
ñeros Satanás, sin ese deseo todopoderoso? Sobre este tema
se podría escribir todo un poema épico, que sería el prólogo del
Paraíso Perdido, porque el Paraíso Perdido no es más que la
apología de la rebelión.
Balzac
"Los sufrimientos del inventor"
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