esto va de beber café, escribir surrealismo, hablar francés, mirar el infinito, pensar en pensar en pensar que pienso y volver a beber café, oscuro. brumoso.
Hablemos de cosas,
sintamos.
busquémonos para mirarnos
busquemos excusas para mirarnos,
mirémonos sin excusas
sin argumentos
sin prisas
con los ojos, con la boca
con las manos,
con la boca.
1. El banquete, Platón 2. Ensayos, Montaigne 3. Pensées, Pascal 4. Aforismos, Lichtenberg 5. Investigación sobre el entendimiento humano, Hume 6. Diccionario filosófico, Voltaire 7. Sobre la libertad, Stuart Mill 8. Temor y temblor, Søren, qué va, qué va, qué va yo leo a Kierkegaard 9. Así habló Zaratustra. (Un libro para todos y para nadie), Nietzsche 10. Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein 11. El malestar en la cultura, Freud 12. El segundo sexo, Simone de Beauvoir
O digamos que va bien, porque, en efecto, va bien a veces (de lo contrario, en algún momento perderías la razón). En eso estás, y aun si eres el más lento amanuense y el peor de los mecanógrafos, un rastro de palabras se ha compuesto y tú quieres continuar. Y después lo relees. Quizá no te atreves a sentirte satisfecho, pero al mismo tiempo te gusta lo que has escrito. Descubres que obtienes placer —un placer de lector— con lo que está en la página. Escribir consiste, a fin de cuentas, en una serie de licencias que uno se da a sí mismo para ser expresivo en ciertas formas. Para inventar. Para saltar. Para volar. Para caer. Para encontrar tu propia manera de narrar y de insistir; o sea, para encontrar tu propia, íntima libertad. Para exigirte, sin desollarte demasiado. Sin detenerte a releer con demasiada frecuencia. Permitirte, si te atreves a pensar que fluye bien (o no del todo mal), sencillamente continuar remando. Sin esperar el impulso de la inspiración. [...] Habitualmente, la lectura antecede a la escritura. Y el impulso de escribir es casi siempre estimulado por la lectura. La lectura, el amor por la lectura, es lo que te hace soñar en convertirte en escritor. Y mucho después de convertirte en escritor, leer los libros que otros escriben —y releer los queridos libros del pasado— constituye una irresistible distracción de la escritura. Distracción. Consuelo. Tormento. Y, claro, inspiración. [...] Perderse a sí mismo en un libro, esa vieja frase, no es una fantasía ociosa sino una realidad adictiva, ejemplar. Virginia Woolf dijo memorablemente en una carta: “A veces creo que el cielo debe ser una lectura continua, inacabada”. Sin duda, la parte celestial es —de nuevo en palabras de Woolf— que “la condición de la lectura consiste en la eliminación total del ego”. Por desgracia, nunca nos despojamos del ego, así como tampoco podemos pasar por encima de nuestros propios pies. Pero ese arrebato incorpóreo, la lectura, semeja un estado de trance que basta para hacernos sentir sin ego. [...] Yo escribo acerca de alguien que no soy yo. Así, lo que escribo es más ingenioso de lo que yo soy. Porque lo puedo reescribir. Mis libros conocen lo que yo conocí alguna vez: de manera caprichosa, intermitente. Y apuntar las mejores palabras en la página no parece en modo alguno más fácil, incluso después de tantos años de escribir. Por el contrario.
He aquí la gran diferencia entre la lectura y la escritura. Leer es una vocación, un oficio en el cual, con la práctica, uno está destinado a ser cada vez más experto. Como escritor, lo que uno acumula son ante todo incertidumbres y ansiedades.
Todos esos sentimientos de insuficiencia del escritor —este escritor, en cualquier caso— son afirmados por la convicción de que la literatura es importante. “Importante” es con seguridad una palabra demasiado pálida. Que hay libros “necesarios”, es decir, libros que, al leerlos, uno sabe que habrá de releer. Quizá más de una vez. ¿Existe mayor privilegio que gozar de una conciencia expandida, colmada, encauzada por la literatura?
Cuando hablo siento mis palabras mías.
Cuando miro, mis ojos dirigen las pupilas conscientes;
respiro y mi cuerpo respira conmigo
y mi mente respira con nosotros.
Cuando pienso, mis pensamientos se abalanzan a la corriente eterna.
He contratado un director de orquesta
que con toques suaves y aprendidos manifiesta
un exquisito manejo del tráfico de ruidos
que se van convirtiendo en suaves sonidos
la música y el silencio
compaginan la banda sonora de mi día a día
de los momentos, instantes relampagueantes
que me esfuerzo por presenciar.
y allí estoy yo, medio callada medio
presente
y mis ojos, infinita máquina sensible de observar
son la contradicción misma de mi persona:
son alma y máscara fundidas.